«Los hijos de Avrom», una novela sobre la dignidad humana

El equilibrio doméstico.

Una reseña de Segismundo Bombardier

Hace no mucho publiqué en esta bitácora una breve reseña cinematográfica, en la que anunciaba la lectura de Les Eaux Mêlées, una novela de Roger Ikon, titulada en español Los hijos de Avrom.

Ya la he terminado, y me propongo recomendarla con argumentos. Lo cierto es que la he leído en una edición en español de Plaza y Janés, recopilatoria de premios Goncourt (este libro lo fue en 1955), traducida meritoriamente por Consuelo Berges. Compré el libro hace décadas en una caseta de libros de lance de la Cuesta de Moyano de Madrid, y he aprovechado el confinamiento para leerla.

Los hijos de Avrom es una novela estupenda que mereció un justificado premio.

En primer lugar esta escrita en un “español” rico (he hojeado la edición original en la biblioteca de Lille, y el francés de Ikor es excelente), de un tono clásico, sin divagaciones estéticas ni laberintos de hormigón. Me tropiezo con novelas actuales de la Galia que se me atragantan por su contenido indescifrable y por su prosodia granítica. Imagino que en español los desvaríos literarios del presente en marcha serán parecidos.

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Educar según el programa de la vida, no de los libros

Ilustra este artículo una libélula, animal frágil y bello. Viene a ser un símbolo del tema tratado por la autora del texto: la educación es cosa sólida, pero se convierte en algo gaseoso cuando se diluye en protocolos y normativas ajenos a la realidad vivida, todo muy bonito pero inútil. La reflexión viene a cuento cuando la vuelta a clase se ha convertido en un galimatías administrativo.

Por Sandra Maset, profesora de Educación Secundaria

Explicar el movimiento tectónico de placas a un grupo de chavales de 12 años puede parecer una misión imposible.

Bueno, no, explicarlo tira que va… pero que lo comprendan, lo interioricen, y sean capaces de explicárselo a otros… eso es otra historia.

Yo lo conseguí, disfrutaron ellos y disfruté yo, y solo había que usar natillas calientes y galletas flotando… una imagen fácil de recordar. Igual nos pasó con la vida de un virus (nos convertimos en uno por unos días), la mitología egipcia (hicimos un concurso de dioses, cualidades y beneficios de cada deidad), la evolución del ser humano (ahí inventamos una especie de Monopoly de la prehistoria)… y tantos otros contenidos que refleja el currículo de primero de ESO.

Y eso que en mi nómina dice que soy profesora de Lengua Castellana y Literatura, pero cuando empecé a trabajar por ámbitos en La Font de Sant Lluís de Valencia, me pareció un proyecto fascinante.

Por eso me ha dolido en el corazoncito leer “El modelo se aplica con éxito en toda España desde 1994 a alumnos que van mal” en un artículo de El País. ¿A alumnos que van mal? ¡Ahí va! Quizá en un principio fue así, pero su éxito lo ha hecho evolucionar a muchos otros proyectos aplicados en cientos de aulas ordinarias, en España y más allá de nuestras fronteras. Qué manera tan equivocada de vender una filosofía tan buena…

Señores y señoras pensantes, trabajar por ámbitos es trabajar como en la vida real. A nadie le plantean un problema en su vida cotidiana que requiera la puesta en práctica de habilidades relativas a una materia, más bien es al revés, quien es capaz de combinar elementos inesperados de diferentes ámbitos suele ser quien da con la solución más innovadora y eficiente, entre otras cosas porque si estuviera recogida en el manual de una asignatura… no sería un problema de la vida real, ¿no?

¿Y cuándo estudian lengua, si los proyectos se articulan en torno a los contenidos de geografía e historia?, arguyen encendidos los detractores del trabajo por proyectos y por ámbitos de conocimiento… Y la respuesta es tan simple que cae por su propio peso… ¿Qué vehículo creen ustedes que utilizan esos niños para recibir y transmitir la información? Casualmente… la lengua.

¿Y esto para qué sirve, profe?” es una pregunta recurrente cuando explico morfología y gramática a los mayores. Nunca me preguntan esto cuando trabajo por ámbitos; aprender es divertido, se empieza sin saber gran cosa sobre algo y se acaba con un producto final del que presumir ante sus familias, ya sea un museo virtual de la evolución de las ciudades o un recital de cuentos de creación propia. Amén del hecho de verse obligados a trabajar empleando las nuevas tecnologías, trabajando colaborativamente y tantas otras inteligencias imprescindibles para la buena marcha de una sociedad equilibrada.

Nuestros alumnos se enfrentan a pequeñas parcelitas diarias, con normas, contenidos aislados descontextualizados, exámenes excesivamente teóricos… y nos creemos que con añadir el EMPRENDIMIENTO en el diseño curricular ya está todo hecho. Pues sí que vamos bien…

Así que me parece estupendo, señores que mandan, haber implementado esta normativa, quizá por razones equivocadas, pero que puede resultar ese cambio que nuestro sistema educativo necesita desesperadamente para adaptarse a una nueva realidad que las altas esferas decisorias no saben o no quieren ver. Ahora, sería un detalle que lo hagan bien, y que pregunten y escuchen a los profesionales convencidos del sistema educativo que llevan años luchando contra todo para poder formar a los chavales de un modo diferente.

Necesitamos un cambio de rumbo para formar a los futuros ciudadanos digitales, que viven, se relacionan, consumen y trabajarán de forma diferente. Y esa formación, señores, no va en paquetitos independientes y forrados, esa formación es un manantial fluido en el que va mezclada y disuelta la vida misma.

Palcos a la esperanza

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Una reflexión de Ana Millás, dramaturga y actriz de Valencia

Érase una vez, un invisible invasor que se apoderó de gran parte del mundo.

Un mundo que se consideraba infeliz, pese a tenerlo todo.

Un mundo incapaz de ponerse de acuerdo en lo más nimio, plagado de desigualdades sociales y económicas.

Un mundo de egoísmo y envidias. Irreverente y despiadado ante la naturaleza y sus gentes menos favorecidas.

Un mundo en el que la normalidad, se había convertido en el problema.

Érase una vez, a principios del año 2020, un mundo obligado por el COVID19, a vivir confinado en casa.

El “Quédate en casa”, fue el leimotiv con el que se conminó a la ciudadanía a recluirse en sus domicilios. La grave situación, a fin de frenar cuanto antes el número de infectados, así lo requería.

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La Aventura

Un apunte autobiográfico de Rafael Escrig (Biólogo)

He dormido en portales, entre los viñedos y en una comisaría de policía. He atravesado lagos en canoa y he dormido en el suelo de un tren. He pasado la noche en una playa de la Costa Azul, en coches, en solares, en posadas y en hoteles de lujo. He cruzado un mar con olas gigantes barriendo la cubierta y he volado en un bimotor averiado. He buscado refugio en una iglesia y he andado dos días seguidos cruzando las montañas. He comido en grandes restaurantes y me he lavado en las fuentes públicas. He dormido en andenes y en el fondo de una barca vieja. Me han tirado piedras y me han seguido en descampados. Me ha acompañado una amiga azafata hasta el pie de un avión y he cruzado fronteras en un descapotable. Me han despertado las gallinas de un granero y los gritos (zaghareet) de las mujeres en una boda bereber. Han tocado el órgano para mí en una catedral y he pedido en las calles. Me han puesto cocaína en los bolsillos y he subido al Mont Blanch. He visto una lluvia de meteoritos desde un barco, de noche y a una troupe de gitanos bailando con un oso. He asistido a grandes conciertos en el Teatro Real y he tocado la guitarra por las plazas. He paseado las calles de un enorme prostíbulo y me he sentado en el Caffè Florian. He conocido gente mala y gente buena. Gente amable y gente despreciable. El fiel de la balanza está en el medio. Nadie me ha quitado nada porque nada he tenido. He recibido insultos y caricias. Algunas fingidas y otras ciertas. He corrido peligros conscientes e inconscientes. He vivido placeres sencillos y días memorables. He viajado por sitios que ya ni los recuerdo y he vivido humildes aventuras. Las que viven las gentes a veces con dinero y a veces sin nada. Lo mejor que ha quedado no han sido los recuerdos ni esas aventuras tan malas o tan buenas. Ha sido vivir entre la gente y haber llegado aquí para poder contarlo.

 

El futuro ineluctable

Un artículo de Segismundo Bombardier

La otra noche me entretuve viendo una versión francesa de “Family Plot», de Alfred Hitchcock, que en España se tituló “La Trama”, y en inglés es un juego de palabras que hace referencia a las tumbas familiares de los cementerios, y en este caso evoca una intriga dramática que concierne a varios parientes. Fue un acierto, un alivio, dormí como un niño arrullado.

Fue la última película dirigida por el inglés, y transformó un complot (debe venir de plot, ¿no?) siniestro en una comedia casi ligera.

Por la noche, después de cenar, he de ver una película de entretenimiento. Hará cosa de diez años tuve una compañera de oficio (en realidad era administrativa de cierto nivel) que bajaba de la Red (supongo que oscura) o compraba películas angustiosas producidas en Asia: japonesas, chinas, coreanas. Decía que no podía ver otra cosa que dramones postmodernos donde personajes patéticos sufren muchísimo por dentro sin que se advierta que pasa nada exteriormente.

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La nueva raza

Una fantasía filosófica de Segismundo Bombardier

Un longevo sabio que aspiraba a retratar el alma de los seres humanos dijo un día: “Nunca podrás entender las acciones de los hombres si no conoces sus creencias o sus principios.”
El sabio estaba seguro de que su proposición era verdadera.
Decidido a encontrar un sentido a la confusión en la que vivía su pueblo y su gobierno, empeñó sus fuerzas en descubrir las creencias o los principios de las personas más acaudaladas y de los políticos más poderosos. Descubierto el secreto, no costaría nada anticipar sus decisiones, que ordenaban la vida del pueblo, y rectificar las equivocadas o sustituir a los malos gobernantes y egoístas acaudalados por otros más virtuosos. Empleó tanto tiempo en sus averiguaciones, que los ricos y los poderosos se fueron sucediendo, sin que el pueblo saliera de su confusión y dependencia.

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Qué m… de país. Crónica de una pandemia y crítica de una gestión, tercera parte

Fortunata y Jacinta, editora de este programa, es la artista plástica Paloma Hernández. En sus videos analiza diversas cuestiones del presente en marcha desde la perspectiva del Materialismo Filosófico de la escuela de Gustavo Bueno. Ofrecemos la tercera parte de «Crónica de una pandemia», en la que la editora y presentadora se  limita a colocar en fila los hechos y a comentarlos, evidentemente con una intención crítica.

Volver a lo de antes

Un artículo de Fernando Bellón

Pocos serán los que a estas alturas de la pandemia duden de que la vida no será la misma cuando vuelva la “normalidad”, sea esta la que sea. Y los que no duden viven en Jauja.

La clase media ilustrada lo vamos a pasar mal, peor que la clase media semiilustrada y que la clase media baja y la clase baja, a las que la ilustración les importa un rábano. No pasa nada. Estas clases sin ilustrar son un peligro para la clase alta dominante, y se ocupará, como puede desprenderse de las medidas económicas dispuestas por las autoridades nacionales e internacionales, de que no les falte lo imprescindible, sobre todo pan y circo. Está por ver que les salga bien la táctica.

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Joker. Una porquería envuelta en celofán

Una reseña de Segismundo Bombardier

Un pobre tipo trabaja empleado en una triste empresa de payasos. Tiene una deficiencia mental no se sabe si efecto de la mala vida que le han dado y de su terrible infancia, o porque biológicamente nació así. Los guionistas toman la imagen del payaso maldito de Stephen King, la combinan con la del payaso desgraciado de muchas otras novelas y películas, y sitúan a Joker en el escenario de una ciudad al borde del colapso físico y moral. Todos los personajes son burdos estereotipos. Pero el oficio del director, guionistas y actores, escenógrafos, especialistas en catástrofes digitalizadas y todo el elenco de profesionales de una industria poderosa, nos presentan una película impecable, casi verosímil.

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El cortito siglo XX

Un artículo de Gaspar Oliver
El siglo XX es uno de los más cortos en la historia de las civilizaciones. La idea la vi escrita en un libro de cuyo autor no me acuerdo. La tomo y la edito.
El siglo XIX se prolonga hasta la Gran Guerra. El XX empieza con la Revolución Bolchevique y acaba con la caída del Imperio Soviético. La década de los noventa abre la puerta con varios años de anticipación al siglo XXI, la digitalización de la economía, la industria y la cultura, las guerras regionales y el terrorismo (no todo islámico o islamista). Total, de 1917 a 1987 (por redondear), el siglo XX tiene 70 años.

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