Una película china universal

La ciudad de Shenzen en postal. A saber si vivir en ella será tan bonito.

Una reseña de Segismundo Bombardier

El azar me ha invitado de nuevo a una estupenda película china de título inglés The End of Summer, «El final del verano». Al principio la tomé por la película francesa L’Heure d’été, que me perdí en su día. Pero me encontré con una preciosidad asiática.

La información esencial se encuentra en esta página de cine, IMDB que, por cierto, pertenece a Amazon, que codicia y compra todo lo que se pueda vender.

Es una película sin enigmas policiales ni existenciales, nítida como una fuente, sin sorpresas decisivas. La vida de una familia de chinos en una ciudad ribereña, fechada (la acción) en 1998, aunque rodada en 2018. A esta ciudad se la supone vecina de Shenzhen, hoy uno de los núcleos industriales de alta tecnología en el país, pero que en 1998 estaba iniciando su transformación

Esto último es lo más importante para entenderla. Porque, a primera vista, un padre maestro con ambiciones, una madre que aspira a cantante de ópera china, un niño al que se le hace poco caso fuera de exigirle los deberes del cole y buen comportamiento, un vecino jubilado de una fábrica de textil cerrada con quien se entiende a las mil maravillas la criatura, y una profesora de inglés que sin pretenderlo está a punto de convertirse en el triángulo de la pareja antes mencionada, este esquema es un estereotipo de guión que se ha rodado en todas las lenguas. Retrato de clase media en un escenario realista y agridulce, como la salsa del chop suey.

El fondo oculto del iceberg que hace estupenda la película es profundo y lleva mucho lastre.

El final del siglo XX marca en China el inicio de una industrialización tremebunda que arrasa con la vida y costumbres de cientos de millones de seres humanos, les empuja a ciudades llenas de barrios con rascacielos, que se levantan sobre los cimientos de las antiguas casitas bajas en las que han vivido durante siglos sus antepasados, húmedas, desvencijadas, pero habitadas por familias que llevan medio siglo sufriendo trastornos: la revolución comunista, la revolución cultural, la contra revolución comunista, la privatización, la transformación de China en el taller de baratijas del mundo, y luego de aparatos electrónicos del planeta, la política de un solo hijo/hija. Ninguna sociedad ha sufrido en treinta años las transformaciones que han reconstruido esa nación que sustituirá el impero yanqui en el dominio del planeta.

Y lo que vemos en las entrañas de la película es exactamente eso. Seguimos las peripecias de la familia, que son las de cualquier familia de clase media recién salida de la clase baja (deben de ser millones en China, y se trata de un ejemplo perfecto), siguiendo al niño de 10 u 11 años, entusiasmado por el fútbol, y enfrentado a su padre el maestro que considera esa afición con la misma desconfianza que los padres de mi generación dedicaban a nuestra pasión deportiva, teníamos que dedicarnos a hacernos hombres de provecho, no futbolistas analfabetos.

Obsérvese el paralelismo, que indica el «retraso» de China respecto a la transformación en una sociedad de consumo monstruosa. Bendito retraso. El director, un señor llamado Quan Zou, se ha tomado gran trabajo en dar pinceladas oportunísimas para que el espectador entienda lo que la película pretende decir: estamos cambiando tanto, que hemos borrado del planeta una forma de vida que tenía enormes ventajas.

«El final del verano» es una historia que puede seguir, entender y saborear cualquier ciudadano del mundo occidental, porque cuenta sus problemas y sus ilusiones, los nuestros. Igual que las series turcas, egipcias, brasileñas o sudafricanas son aceptadas y absorbidas por las audiencias europeas, hispanoamericanas y gringas, esta película china encaja a la perfección en nuestra forma de ver al vida, con la diferencia de que nos hace reflexionar.

Quan Zu hace que un locutor de radio informe de que las empresas privadas crecen como hongos en el país, nos enseña barrios de rascacielos de la ciudad de (Shenzhen, próxima a la que hace de escenario de la acción, presenta una escuela recién inaugurada, en inigualables condiciones, pero con pupitres de madera de los de antes (el tránsito), niños y niñas (muy pocas, por cierto, muchas deben de estar por Europa, en familias francesas, italianas y españolas) de uniforme, y este tipo de detalles que nos permiten observar la vida cotidiana de seres humanos como nosotros mismos, alejados del tópico del «chino de tienda», que también son iguales que nosotros, pero impenetrables vaya usted a saber por qué, pues compartimos cultura, consumismo, imaginación…

La historia no tiene un final feliz, sino un final ambiguo. Y en esto se manifiestan dos cosas, a mi juicio, que no es un instrumento de propaganda gubernamental (o sí, pero es de una calidad extraordinaria), y que incita al espectador a cerrarla por su cuenta, haciéndose preguntas vitales.

Un último apunte, la relación entre al jubilado y el niño. Es emotiva, espontánea, limpia. ¿A que suena raro? Porque en muchas películas de hoy las relaciones adultos-niños (sobre todos si los primeros son varones) acaban siendo incestuosas o pedófilas. Y en «El final del verano», por inercia maldita, uno está siempre esperando que en uno de los paseos, el abuelo asalte al niño y empiece a sobarlo o a forzarlo. Nada de eso.

Recomiendo esta película, así como Di jiu tian chang, «Hasta siempre hijo mío», del que el editor de esta revista publicará en breve una reseña.

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