“Una isla en el mar rojo”. La Guerra Civil española experimentada por un novelista de derechas

Una reseña de Fernando Bellón

Wenceslao Fernández Flórez fue un gallego que dedicó su vida a la profesión de novelista y publicista y consiguió vivir de ello. Al lector interesado recomiendo esta reseña publicada por la Real Academia Española, a la que perteneció.

Su naturaleza salió conservadora, y nunca se apartó de ella, sujeto con energía a un sentido del humor que le procuró fama y emolumentos. Es conocido en el territorio progresista español por la película “El bosque animado” de José Luís Cuerda, que sigue con respeto la novela escrita en 1943. Pero fuera de eso, Fernández Flórez es un perfecto desconocido hoy en día tanto entre los jóvenes de derechas como en los de izquierdas. No saben lo que se pierden.

Me propongo hablar aquí de una de sus novelas sobre la Guerra Civil Española, “Una isla en el mar rojo”. Tiene otra titulada “La novela número 13”, dedicada a lo mismo, pero dejaré su comentario para otra oportunidad.

Poseo una edición original de “Una isla en el mar rojo” desde mi juventud.

La compré en una librería de viejo de la travesía del Arenal, muy cerca de la Puerta del Sol de Madrid. Recuerdo que el tipo que me la vendió, un hombre con cara de pájaro, delgado y encogido como un tísico, insinuó que era una obra prohibida por el Régimen, para justificar su precio, que me pareció excesivo. Es una novela agria y con una conclusión sin esperanza, muy poco adecuada en una atmósfera de victoria, aunque redactada en el estilo humorístico del autor.

Parece ser que la historia procede de la experiencia personal de Fernández Flores, que por lo visto tuvo que refugiarse en una legación extranjera para escapar de una muerte casi segura, que es lo que les ocurrió a otros intelectuales considerados por la izquierda como indeseables de derechas y en consecuencia reos de alta traición. Algunos que cayeron en sus manos fueron fusilados por un horrendo vicio, ser de derechas (Ramiro de Maeztu, Muñoz Seca).

Fernández Flores era aficionado a los diálogos filosóficos, por llamar así a las páginas en las que pone en boca de sus personajes sus propias reflexiones, sus convicciones y sus fobias. En “Una isla en el mar rojo” Fernández Flores toma partido por los sublevados, y su protagonista, un abogado de clase media alta refugiado en una embajada con varias decenas de sardinas humanas, suspira porque culmine con éxito el asalto a Madrid para volver a sus casas y para que acabe el desgobierno y el crimen desatado. Otro personaje es un hombre de la condición social del narrador protagonista, con unas aficiones (que el autor califica de mórbidas) por la aventura y el riesgo, que adquiere un carnet de la CNT y se hace un gerifalte dedicado al abastecimiento de la capital asediada, aunque desprecia profundamente a los rojos en todas sus modalidades.

Las conversaciones entre ambos son la base filosófica o ideológica de la novela. En ellas, muy bien urdidas, se pondera el respeto al orden, se mantiene la superioridad de la cultura y de la inteligencia individual sobre la propaganda y fuerza desatada de las masas y se critica acerbamente la ideología del enfrentamiento de clases, la agitación destructiva de los frentepopulistas y de los anarquistas y la exaltación de la razón armada.

La peripecia es más interesante. La huida del protagonista, sus diversos escondites en Madrid, las escenas escalofriantes que ve en sus calles, su captura, su liberación gracias a la intervención del padre de su novia, un capitoste gubernamental, su refugio en la legación, su fuga hacia Valencia y el paso de los Pirineos hacia Francia, donde el mundo de la paz cotidiana se le cae encima, después de los peligros mortales que ha sufrido. Sin esa base filosófica que acabo de comentar, estas peripecias darían para una estupenda novela de aventuras y de acción que de momento no se producirá en España, donde la memoria histórica es selectiva por ley.

El escenario es fascinante: Madrid, una ciudad millonaria, en manos de bandas armadas de criminales, sin ninguna diferencia con los gángsteres, un gobierno desbordado que abandona a los ciudadanos a su suerte y se marcha a Valencia, una élite política azuzando a los ciudadanos contra aquellos de sus vecinos que viven desahogadamente, contra los que van a misa y contra los que han manifestado alguna vez opiniones derechistas o centristas (en total, centenares de miles de personas); todos estos mordiéndose los labios y disfrazándose de vulgares vecinos, escondiéndose, huyendo o defendiéndose a la desesperada, y unos miles de soldados (la mayoría legionarios o bereberes) intentando el asalto de la ciudad, defendida por masas muy mal armadas y sin costumbre ni deseo de mantener ningún orden impuesto, algunas tropas habituadas a la disciplina militar y ciertas columnas organizadas por la iniciativa privada (hecho curioso en un escenario de colectivización forzada)  de determinados líderes comunistas y anarquistas o por la iniciativa privada de especialistas extranjeros (en especial soviéticos).

No debía de tener yo en la primer lectura más de dieciséis años. Es curioso que haya vuelto a leerla en estos atribulados tiempos.

Recomiendo el artículo de José Manuel Grau Navarro La novela “Una isla en el mar rojo” como metáfora del confinamiento.

 

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