Siete reinas con barba

Una reseña de Gaspar Oliver

He visto una representación de 7 Reinas en la sala Ruzafa de Valencia.

La Sala Ruzafa celebra con legítimo orgullo su décimo aniversario. Iniciativa del matrimonio Chema Cardeña y Juan Carlos Garés, ofrece una programación a la medida de la clase media ilustrada de la ciudad de Valencia, mantiene una calidad de notable en las obras y yo diría que de sobresaliente en la gestión.

Esto último es algo que ha mejorado mucho en el escenario teatral, donde las antaño «salas alternativas», sin dejar de serlo con respecto al teatro «convencional», ya no son antros húmedos y ruinosos. Esta mejora afecta a toda España, y significa que los emprendedores del teatro han utilizado con eficiencia el apoyo financiero de las administraciones. En ese sentido, la Sala Ruzafa es un ejemplo encomiable.

Sobre la programación podríamos hacer valoraciones menos favorables. Las producciones teatrales «no convencionales» o «no comerciales» (esto último es algo que los nuevos gestores empiezan a aborrecer como argumento ideológico) han incrementado su calidad técnica y actoral. No puede decirse lo mismo de la dramaturgia. En España hay buenos dramaturgos, pero los que entran en los circuitos y en las producciones de las salas les dejan poco espacio, y se ven obligados a producirse ellos por su cuenta.

Es el caso de 7 Reinas, escrita y dirigida por Chema Cardeña. La apuesta era alta, como suelen ser este tipo de envites, más publicitarios que producto de una necesidad. La obligación de reducir siete monólogos reales a diez minutos por barba (literalmente hablando) es ya una temeridad. Porque no se pretende que las reinas cuenten un detalle de sus vidas, sino que las retraten y les den sentido. Con el mayor respeto por el autor, esto me parece imposible en el teatro, en el cine y en la literatura. Así que lo que cada reina dice en sus diez minutos es un supuesto autorretrato en el que se destaca un rasgo caricaturesco de su personalidad.

No tiene mucho sentido crítico juzgar la elección del autor. Pero sí es legítimo valorar su desarrollo escénico y dramatúrgico. Chema Cardeña tiene textos mucho más elaborados, con lo que quiero decir que este 7 Reinas es manifiestamente mejorable.

En lo que afecta a las reinas españolas, los estereotipos (algo clásico en este formato de diez minutos) son lamentables. Se nota a quién va dirigido el espectáculo, a un público “progre” que disfruta con tópicos tan manoseados y falsos (pero eficaces) como la Leyenda Negra. Isabel de Castilla aparece como una fanática religiosa encantada con los Autos de Fe, de los que sólo le molesta el olor a carne quemada. Su hija Juana se queda con la etiqueta de loca; para probarlo se nos muestra como hija de un matrimonio de tipos depravados, casada a la fuerza con un chulo mujeriego. Y de Isabel II el sello de «reina castiza» la convierte en puta (¿açò es precís, animar al espectador a insultarla tots a una veu?) y en representante paradigmática de unos Borbones inmorales y egoístas.

La realidad fue muy otra.

Isabel de Castilla emerge en la Historia como una mujer que se impone a una nobleza rebelde decidida a mantener su autoridad sobre el estado y la realeza, accede a un matrimonio que dará lugar a un imperio, termina la Reconquista, abre las puertas a la colonización de un inmenso continente, apoya las Leyes de Indias que suponen una defensa y un avance del derecho internacional… Sin duda, tuvo sus arbitrariedades y sus manías. Pero lo positivo que protagonizó supera con creces sus errores.

Juana de Castilla, su hija, es una de las figuras peor tratadas en la historia de la monarquía española, porque no hay manera de levantarle la etiqueta de “La Loca” que se le impuso. Hay pocos estudios imparciales sobre su vida. Las películas que se han hecho sobre ella inciden en sus rasgos psicológicos más llamativos, ignorando que dio a luz un vástago que creó un imperio intercontinental, confirmó en la práctica que la Tierra es redonda, y fue él mismo emperador. Qué loca más cuerda.

Isabel II, hija de un desprestigiado Fernando VII, no fue la mujer disipada, desvergonzada,, conspiradora, borracha que se nos presenta una y otra vez. No pudo serlo, porque la monarquía española no se derrumbó con ella, sino que fue reforzada por una república efímera e insensata.

Juzgar a los monarcas y a los dirigentes políticos por sus rasgos psicológicos es muy propio de operetas, de farsas y de esperpentos. Pero son géneros en desuso, «viejunos», como para resucitarlos. Si un autor quiere escribir un texto serio y profundo tiene que imitar a Shakespeare, no a Benny Hill.

Concluyo reconociendo la calidad interpretativa de los actores y la puesta en escena, si bien a mi entender, le sobra el fondo de «varieté» que ilustra las transiciones.

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