Novela negra sudafricana, un espinoso pleonasmo

Una conversación con Gaspar Oliver

— Por menos de tres euros encontré el otro día en una librería de lance la novela “El cazador sordo”.

— ¿Cómo? ¿»El calzador gordo»? Qué título tan bonito.

— “El cazador sordo”, de James McClure. En inglés The Goosberry Fool, un preparado de grosella silvestre, pero también una persona inoportuna que se pega a alguien. O sea, «el idiota pelmazo».

— ¿Una novela moderna? ¿Introspectiva o culinaria? Seguro que está situada en la América profunda.

— Casi. En la Sudáfrica del Apartheid. Y es una novela policiaca, negra, en un país de negros. Es prácticamente un pleonasmo.

—Vaya. Hábleme de ella, por favor. Pero en voz alta, que estoy un poco gordo.
—No le voy a dar detalles, por si quiere usted leerla.
—Vale. El idiota pelmazo debe ser el detective o la víctima, ¿verdad?
— No lo sé. Verá usted, después de leerla, todavía ignoro a quién se referiría McClure con lo de Goosberry Fool. A lo mejor estaba hablando de gastronomía.

Me interesó la novela por el escenario. Como usted sabe, hace años pasé varias semanas en El Cabo y en Johannesburgo. Y me dio tiempo a conocer algo la sociedad sudafricana, que es complejísima, razas, sub-razas, etnias, negros, blancos, mestizos…

La he leído con gusto. El autor juega con el convencionalismo de los personajes y de las situaciones de este género, y a la vez intenta hacer un retrato psicológico y sociológico de la población. El problema para un lector que no conozca la historia de Sudáfrica es que no se entera de la mitad de los detalles. Está escrita para sudafricanos.

Otra cuestión fundamental es la fecha de la novela, 1974, uno de los momentos álgidos del Apartheid. Y piense que la censura sudafricana era muy estricta. De manera que utilizar la literatura para denunciar al gobierno era algo imposible, si uno no publicaba en el extranjero, como Nadine Gordimer. De modo que leer las historias de MacClure descolocan un poco, porque a los negros les llama “cafres”, en afrikaans, kaffir, palabra árabe que significa negro, y los papeles que interpretan no son muy lucidos, incluido el sargento Zondi, ayudante del detective de la policía Kramer, a quien su jefe intenta proteger del desprecio de los superiores blancos, pero a quien no tiene por persona despierta, sino por un tipo leal y trabajador, las mayores virtudes de un negro

Esto hace que si la novela cae en manos de un pobre probe progre ignorante, enseguida la apartará por racista, cuando es un retrato excelente de la sociedad blanca y sus relaciones de dominio y de superioridad con los zulúes, xhosas, nedebeles y no sé cuántas tribus bantúes más que habitan el territorio de la actual república arcoiris.

Los holandeses y los ingleses, que les expropiaron la tierra y les esclavizaron literalmente, han dominado el escenario desde el siglo XVII, cuando se establecieron en el Cabo los primeros blancos. Eran granjeros, es decir, agricultores acostumbrados a una tierra húmeda y fértil, y se encontraron con lo opuesto. La región de el Cabo es de clima mediterráneo, hoy produce vino de calidad, naranjas que son un dolor de cabeza para los llauradors valencianos, y creo que ahora empiezan con los olivos. Un paraíso.

Pero en cuanto uno tira hacia el norte, pasa las montañas Langeberg y se adentra en el Pequeño Karoo, y luego en el Gran Karoo, se mete en un desierto. Los Boere (suena «bure», en español les llamamos boeres) lo atravesaron en el siglo XIX huyendo de los británicos que ocuparon las tierras fértiles. Los bantúes se mantuvieron, porque eran útiles para el trabajo pesado. Pero los holandeses escaparon en busca de un territorio libre, es decir, libre para ellos, no para los kaffir que lo ocupaban. Se llamó el «Gran Trek», la larga marcha de los Boere. Fue una gesta memorable, épica de verdad. Y se fueron instalando en las mejores tierras, expulsando o esclavizando a los negros, los cafres, los kaffir. En sus caravanas de carretas llevaban el fusil en una mano y la Biblia en la otra, costumbre muy protestante y de pueblo elegido.

Lo malo es que la tierra que fueron ocupando estaba llenita de diamantes y de oro. Es un decir, pero todavía quedan. La codicia minera sustituyó al abuso agrícola y político. Los británicos lucharon por la parte del león, machacaron a los negros y a los blancos con un alto coste, porque los zulúes les zurraron la badana, y a los Boere tuvieron que encerrarlos en los primeros campos de concentración de la historia, de los que los nazis tomaron buena nota. Así nació la República Sudafricana en el siglo XX. Un detalle curioso, Sir Winston Churchill combatió en la «Guerra de los Boer», allí aprendió lo que era un enemigo peligroso.

Pues bien, este es el escenario de «El cazador sordo».

James McClure nació en Sudáfrica, y se crió en ella como cualquier blanco de su generación. Dice la Wikipedia que fue amigo de Tom Sharpe, otro escritor sudafricano. Los negros parecían seres inferiores y estaban al servicio de los blancos, sometidos a un sistema de separación racial en bantustanes o en reservas próximas a las ciudades o en las afueras de los pueblos, luego llamados ghettos o townships, de donde no podían salir si no era para trabajar, y una vez fuera de ellos no se podían mezclar con los blancos.

Naturalmente, por fanático que fuera el blanco, no podía dejar de observar la desigualdad y la injusticia. Pero de ahí a enfrentarse a ella había un abismo. Un abismo que el teniente Kramer no traspasa nunca (al menos en «El cazador sordo», la única novela de la serie que he leído), y que incluso persigue a quienes ponen en peligro el Apartheid.

Todo esto hace de la novela un material muy interesante, instructivo, además de entretenido, virtudes de las buenas obras de arte.

— Está muy bien la información que me da. La leeré con gusto.

— Gracias. Pero quiero acabar con una referencia a la editorial española que la publica. Para mí es desconocida, como tantas otras cosas en el mundillo literario español. Se llama «Reino de Corelia». Libro muy bien impreso, edición cuidada, casi de lujo. Me ha llamado la atención algo inusual: al parecer hizo dos ediciones en 2013, ambas en mayo. Esto es rarísimo, que un libro de autor desconocido se agote en menos de un mes. He curioseado un poco en su página web y es una empresa viva y con pinta de solvente, que acumula un montón de autores, a veces nada célebres, como McClure. Ignoro quién será Jesús Egido, el único nombre que aparece, quizá su patrón, hace las cosas bien. No sé cómo ha acabado la novela en un anaquel de cierta librería de lance; estaba acompañada de otras de «Reino de Cordelia».

En resumen, mi inclinación a distanciarme de la literatura reciente y buscar libros viejos y autores desconocidos, a veces da buenos resultados.

— No siempre.

— No siempre, sí señor.

— Buenos días.

— Buenas noches.

 

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