Mi perrita

Un artículo de Vicente Torres

Voy por la calle y oigo que llaman a sus perras: ¡Luna!, ¡Luna!, ¡Luna! Pregunto a quien sabe y me confirma la presunción. Es un nombre muy frecuente. La mía también se llama Luna. No se lo puse yo, sino mi nieto. Quería tener un perro y le puse condiciones: que fuera hembra y de pequeño tamaño. Es más difícil de conseguir de lo que parece. Varios meses de búsqueda por su parte. Además, hay muy poca formalidad hoy en día en el mundo. Te engañan, dándote gato por liebre, y en lugar de atenerse a las razones apelan a los sentimientos. Cierras una adquisición y al querer ir a recogerla te informan de que han recibido una oferta mejor y la han vendido. Así que, tras varios meses, no perdimos el tiempo con esta. Apenas tenía una semana. Nació a finales de noviembre de 2014.

Al no haber podido jugar con los demás miembros de su camada, no ha aprendido a tratar con el mundo. No se fía de nadie. La madre era, o es, pinscher. Tenía una estampa muy bonita. El padre me dijeron que también era pinscher, pero no era de pura raza. Luna tiene toda la apariencia de pinscher, salvo el color, que es marrón.

Pesa tres kilos y medio, aunque es muy difícil pesarla. Tiene cosas de gato. Ha de sentirse libre para poder salir pitando . No le gusta que al cogerla lo hagan de modo que la aprisionen.

Se ha convertido en la reina de la casa. Lo tiene todo bajo control. Aprendió a abrir la puerta corredera del balcón, para controlar lo que ocurre en la calle. Lo que ocurre es que luego, cuando entra, no la cierra (es broma). También aprendió a abrir la lavadora y cazar prendas del interior. No hay peligro de que se meta, porque no corre riesgos conscientemente. Metía la pata nada más. Ya no lo hace. Sí que corría riesgos al abrir el cubo de la basura y comer lo que pillara. De hecho, sus únicas enfermedades han sido por este motivo. Y en domingo.

Pasemos a la siguiente fase. He hecho con ella caminatas de 15 kms en el mes de julio sin que hubiera ni un amago de sombra en grandes tramos. En los que sí la había, mitad de la acera con sol y mitad con sombra, le daba lo mismo una cosa que la otra. Al llegar a casa estaba más fresca que yo, daba saltos de canguro, y en lugar de beber comió. Resiste el calor y la sed.

Tiempo atrás tuve una yorkshire, esta de raza pura, que me regalaron. No resistía caminatas tan largas, ni mucho menos. Quince o veinte minutos por la calle y a casa. Nunca ensució la calle, porque lo hacía todo el plato de la ducha. En aquel tiempo, aunque las ordenanzas decían que tenían que ir atados y con bozal casi todos iban sueltos. Mi yorkshire, que se llamaba Tracy o Treisi, pesaba dos kilos y medio, y temía a los perrazos que venían a olerla. Se escondía tras mis piernas. Yo, enseguida la cogía al brazo.

El caso es que esta perrita era muy terca. Insistía en meterme la lengua por la nariz, por las orejas…, lamerme las heridas, si me veía alguna. Se ponía hecha una fiera si alguien, queriendo o sin querer, apenas me rozaba. Tenía todo bajo control. Si un cuadro estaba torcido, una silla cambiada de sitio, una toalla estaba mal colgada, ladraba en todo imperativo.

Había uno que me reprochaba que se me escapaba todo, mientras que él lo seguía al detalle. Le dije: eso de lo que te sientes tan orgulloso lo hace mi perrita mejor que tú. Al final, a mí se me escapaban menos cosas, porque yo lo deducía todo, lo que él había visto y lo que no.

Esta perrita tan cariñosa se tumbaba con la panza hacia arriba para que se la acariciara. Yo lo hacía, pero al cabo de tres días y medio (es una exageración) decidía que ya estaba bien y paraba. Ella no estaba conforme y pedía más y más. Hubiera querido que yo estuviera toda la eternidad acariciándola.

La gata siamesa, que llegó a casa cuatro años antes que la Yorshire, también quería que le acariciara la tripa. Se me quedaba mirando y decía ‘muamooo’ o sea, ‘vamos’. Se tumbaba en la cama boca arriba y yo la complacía. Hasta que ella decía basta. A partir de entonces ni una caricia más. Se llamaba Misha, pesaba cinco kilos y medio y desde que la tuvimos y durante los 18 años que vivió jamás subimos las persianas para que no se fuera. No lo habría hecho, pero no quisimos correr riesgos. Una vez desapareció y durante cuatro horas de reloj estuvimos buscándola todos los de la casa. Todavía no teníamos a Tracy, que la habría encontrado enseguida. Estaba al fondo de un armario, muy quieta.

Los días en que a las ocho de la mañana no me había levantado aún, se ponía sobre mi pecho de un salto y me olía el aliento, para ver si estaba vivo o muerto.

La llevaba al veterinario en una jaula metálica, que allí dejaba en el suelo. Ella se sentía protegida y se sentaba en el medio, observándolo todo. Un perro grande se acercaba a oler una y otra vez y su dueña le decía: Deja al gatito, deja al gatito. De repente, ella soltó un zarpazo, que chocó con el metal, resonando, y el perro salvó la trufa de milagro. La gata se quedó impasible, como si no hubiera hecho nada, el perro temblando de miedo y su dueña sujetándolo en corto.

En aquel tiempo, mi hijo era jovencito y compró dos hámsteres que le dijeron que eran macho y hembra. Eran dos machos y cuando se fue a dar cuenta estaban los dos ensangrentados, uno muerto y el otro moribundo. Tras estos dos se procuró otro que daba vueltas en la rueda. Lo tenía en una jaula encima de la mesa de estudio de su dormitorio y la gata, subía de un salto y se entretenía mirándolo. Un día se durmió al lado de la jaula y se le quedó el rabo dentro. El hámster lo cogió con las dos manitas y le dio un mordisco. La gata salió en estampida. Los dientes de un hámster cortan más que un bisturí. Lo sé por experiencia.

Por aquel entonces nos íbamos los fines de semana. En una ocasión, al regresar nos encontramos con la gata sentada en el suelo en plan vigilante y el hámster, espalda contra la pared, con los brazos abiertos como un oso, amenazando. ¡A saber cuánto tiempo estuvieron así! La jaula del hámster estaba encima de la mesa y la puerta cerrada y reforzado el cierre con una pinza de la ropa. Supo abrir y bajaría al suelo de un salto sin paracaídas. A partir de entonces ya no pudo volver a abrir la jaula.

La gata también intentaba abrir las puertas de las habitaciones accionando la manilla.

No es que yo tenga vocación de Noé, o sea, de ir llenando el arca de animales, sino más bien de ermitaño en el desierto, pero, por unas cosas o por otras, casi siempre he tenido que convivir con algunos. En esta época también tuvimos una pareja de periquitos, macho y hembra, estos sí. La hembra no paraba de dar voces, con una autoridad que ya la quisieran muchos. El periquito siempre estaba callado, parecía mudo. No decía nada, no se quejaba de nada. El periquito daba gusto, aquella tanta murga y él tan silencioso. La periquita murió, no creo que la envenenara él, pero eso nunca se sabrá. El pronóstico era que él se muriera de pena. Pero ocurrió todo lo contrario. Se vio libre, con toda la jaula para él. Y lo había callado hasta el momento empezó a salirle por el pico. Y este sí que vivió muchos años. Se pasaba el tiempo explicando el mundo a quien lo supiera entender. Yo no. Opté por ponerle un nombre. Demóstenes habría sido adecuado, pero la estridencia de su voz me hizo decantarme por otro. Le decía: Pavarotti, ya está bien. Pavarotti, cállate ya. Pero ni por esas. Sólo lo hacía callar su compañera, pero…

Recuerdo en este punto que alguien aquejado con el síndrome de Procusto me dijo que conmigo no se aprende nada y que me disolvería con un azucarillo en un vaso de agua a la menor dificultad. Le respondí que el mérito siempre es del alumno y que yo aprendo hasta de los perros. Y de los gatos, y de los hámsteres, y de los periquitos, podría haber añadido.

Y de las moscas. A veces, al cerrar la puerta del baño se queda dentro una mosca sin posibilidad de escapar. Si ve que la sigo con la mirada entra en pánico y se pone a volar de modo descontrolado, esperando la muerte. Al verla tan asustada, abro la puerta y la dejo ir. ¡La de moscas a las que he perdonado la vida! Sólo por eso deberían tener consideración conmigo y no molestarme más. Pero, en fin, las moscas son como son.

sea, igual que todos.

Me sentaba a leer en el sillón y, por aquello de la circulación sanguínea, ponía los pies en una silla, para tener las piernas alargadas. Venía Tracy, la perrita Yorkshire, y de un salto se me ponía encima. No tardaba en aparecer Misha, la gata, que se subía también, quitaba a la perrita de una bofetada y se ponía ellaTracy se volvía a subir y se conformaba con quedarse más cerca de mis pies. La perrita tenía celos de la gata y la vimos comiéndose sus excrementos. Era muy obediente y enseguida entendió que eso no lo tenía que hacer más.

La gata sabía cuál era su terreno y nunca invadía los ajenos, salvo cuando no la veía nadie y se podía convertir en pirata. La perrita invadía los terrenos de todos, hasta los de la gata, que no tenía más remedio que usar la virtud de la paciencia. Quería que todo el mundo, conocido o desconocido, le acariciara la tripa. Se lo pedía hasta a Misha, que se la quedaba mirando con cara de extrañeza.

En buenos días, cuando Tracy oía volar a un mosquito corría a esconderse debajo de la cama. Al final no lo podía hacer, porque estaba ciega y sorda. Pero era feliz. Le bastaba con ladrar para que acudiera alguien a su lado y adivinara lo que quería. A mi brazo, tenía todo lo que le pedía a la vida. Vivió el doble que todos los demás perritos de su camada, porque sólo se le daba para comer lo que permitía el veterinario. Sufrió alguna intervención quirúrgica de mayor.

He de volver a Luna, la pinscher impura, a la que he dejado olvidada en algún rincón. El calor no le molesta, la sed no la agobia y es muy enérgica dando órdenes, intentando imponer su ley. Pero veamos antes qué pasa cuando tiene frío. Si nota el frío. Hay que taparla para dormir. Pero si alguien va por la escalera, para no molestar con el ruido del ascensor, a las tres o las cuatro de la madrugada, va corriendo a la puerta a impedir el paso a quien intente entrar. Luego me despierta para que la tape de nuevo. No le da la gana que le ponga un abriguito para salir a la calle, por más frío que tenga. Si se lo pongo, camina a tres patas en señal de protesta, salvo si ha de subir escaleras, que sólo puede hacerlo con cuatro.

Deduzco que con la resistencia que tiene esta perrita a la fatiga, el calor y la sed, es ideal para conducir ganados y evitar que ninguna oveja se pierda.

Esta es una facultad natural surgida, seguramente, de la experiencia. En vista de que algunos animales se salían de la manada y acababan perdiéndose, se irían seleccionando los perros más adecuados para evitar esto.

Nuestros remotos antepasados también vivían en manada, pero llegó un momento en que adquirieron el conocimiento, gracias a Sócrates sabemos que a partir de ese momento tuvieron acceso a los grandes conceptos, básicamente al bien y el mal. Se deduce, sin necesidad de hacer grandes esfuerzos, que a partir de ese momento la colaboración entre todos, que seguía siendo necesaria, debía ser, además, consciente; es decir, había que analizar cada acto antes de llevarlo a cabo, por si fuera injusto, porque esto es lo peor en lo que puede incurrir un ser humano.

Los animales no pueden equivocarse, porque no tienen más camino que seguir su instinto.

En cambio, los humanos… Que los haya que consideren a sus seguidores como una manada y que tengan unos cuantos encargados de vigilar sus movimientos…

Algunos se abandonan a su comodidad, a su elitismo, a su sectarismo, a su cobardía…

Los hay que explican a Sócrates y proclaman su admiración hacia el personaje –tampoco faltan quienes lo odian- y luego actúan como si no hubiera existido.

Saludos,

Vicente Torres

2 Comentarios Mi perrita

  1. AnaTeresa Zegarra C.

    Enhorabuena, Vicente. Brillante relato de las mascotas en tu vida familiar donde se evidencia tanta ternura con la que has compartido con cada un@ de ell@s. Esto fruto de un dulce corazón. A continuar compartiendo tus escritos con una mirada especial. AnaTeresa

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