Menta con gaseosa

Una reseña de Segismundo Bombardier

El otro día vi en un servidor de contenidos poco convencionales la película Diabolo Menthe, de Diane Kurys. Fue una sorpresa maravillosa. Soy cinéfilo, pero no erudito en cine (ni en casi nada), así que he recurrido a Internet para saber algo de la autora, judía francesa de padres polacos, que ha realizado desde entonces catorce películas, algunas piezas teatrales, y ha intervenido en no sé cuantas producciones cinematográficas y teatrales. Es algo mayor que yo. Quizá por eso me identifiqué tanto con la narración de la película. Retrata un curso escolar de dos hermanas de 13 y 15 años vecinas de París, hijas de padres divorciados.

Nueve meses de dos guayabos dan para media docena de películas: psicológica, sociológica, política, melodramática, de intriga, de miedo, erótica…

Sin embargo, Diabolo Menthe es exactamente lo que he descrito: la cámara sigue a la protagonista y a su hermana como una sombra, en una serie de episodios anodinos que representan la evolución de dos adolescentes. Porque el valor de lo anodino es tremendo cuando se sabe representar. La excelencia de la narración no se encuentra en lo extremo o en lo espectacular, sino en lo hecho con gusto, con armonía y con un significado evidente por sí mismo, no por el ruido, los colorines o los retorcimientos de que se acompañe. Esto lo fijaron ya los griegos.

Mucho ha cambiado la forma de hacer cine desde 1976, fecha del rodaje. Los tipos y estereotipos de los años sesenta han evolucionado durante los 70, los 80, los 90 y las dos horrorosas décadas (para la creación artística) que llevamos de este siglo. Primero se fragmentaron, luego se descoyuntaron, y finalmente se han disuelto en un ácido que ha acabado con la nobleza en el arte cinematográfico, salvo contadísimas excepciones. Y sólo hablo del “cine de autor”. El otro, el convencional, sigue enfangándose en la violencia y el sexo explícitos, el melodrama tumefacto, y el disparate sobrenatural.

La acción de Diabolo Menthe discurre en el curso 1963-64, cuando yo inicié el Bachillerato Superior, y Anne y su hermana Frédérique estudian en el Liceo femenino Jules-Ferry de París. Historias con escenarios parecidos abundan en el cine europeo y americano (las dos Américas). Y casi siempre describen con rasgos melodramáticos la psicología, los traumas, los conflictos domésticos o escolares, las decepciones, los éxitos de los protagonistas. Diabolo Menthe lo incluye todo de un modo magistral. Tengo la impresión de que Diane Kuris aprendió mucho y bien de la experiencia de sus compatriotas maestros en la cinematografía, desde Jean Renoir y Marcel Olphüs a Jacques Tatu, pasando por Godard y Truffaut.

La película es tan redonda que incluye una escenografía política en su justa medida. Son los años de la guerra de Argelia, de los atentados de la OAS (Organisation de l’Armée Secrète), de huelgas y manifestaciones que conmovieron a la sociedad francesa, pero que no la conmocionaron. Diane Kurys retrata a la clase media de la que formaba parte como niña en esos años, y de cuya infancia toma la historia, hija de padres divorciados, algo todavía poco común en la Francia republicana de posguerra.

Al ver películas rodadas en los años 50 y 60, que representan los escenarios y la sociedad de esas décadas, que son las de mi niñez, adolescencia y juventud, observo un fenómeno notable. Salen a la superficie de mi memoria sensible impresiones delebles, la rotunda verdad de lo aparente, que se quedaron ahí dentro marcadas a fuego, o sea, indelebles. Se presentan ante mi conciencia de 71 años escenarios y formas de vida que para mí fueron las primeras observaciones que iba realizando, carente de experiencia y de mayores conocimientos.

Por ejemplo, una película que se desarrolla en Londres o en la campiña inglesa, o en París y alrededores. Veo exactamente lo mismo que yo vi en mis primeras visitas a Francia y a Inglaterra, la observación pristina, sin prismas ideológicos, morales o culturales; y no porque no los llevara puestos, pero eran mucho más flexibles, más dúctiles, moldeables, de hecho se fueron moldeando hasta constituir la personalidad y el carácter que ahora son míos, a mi pesar o a mi satisfacción.

Con Diabolo Menthe me ha vuelto a pasar, han acudido a mi cabeza fragmentos de sensaciones de una pureza extrema, por falta de ideas y prejuicios arraigados. No sé qué habrá sido de Diane Kurys, de la que nada he sabido hasta ahora, pero le estoy muy reconocido por su acertado trabajo en su juventud, que también fue la mía.

 

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