Joker. Una porquería envuelta en celofán

Segismundo Bombardier

Un pobre tipo trabaja empleado en una triste empresa de payasos. Tiene una deficiencia mental no se sabe si efecto de la mala vida que le han dado y de su terrible infancia, o porque biológicamente nació así. Los guionistas toman la imagen del payaso maldito de Stephen King, la combinan con la del payaso desgraciado de muchas otras novelas y películas, y sitúan a Joker en el escenario de una ciudad al borde del colapso físico y moral. Todos los personajes son burdos estereotipos. Pero el oficio del director, guionistas y actores, escenógrafos, especialistas en catástrofes digitalizadas y todo el elenco de profesionales de una industria poderosa, nos presentan una película impecable, casi verosímil.

También los fusiles de asalto, las minas antipersonal y otros artilugios mortíferos los producen profesionales muy capacitados.

La historia de Joker pretende ser el reflejo de una sociedad enferma. ¿Por qué tanto ingenio, tanto dinero en dirigirnos un mensaje de desesperanza? La industria del cine ha dejado de ser un vehículo para insuflar confianza, firmeza, generosidad, y se ha convertido en un vehículo de pesimismo absoluto, sin salidas, sin alternativas. Además del dinero que obtienen los que realizan estos bodrios, hay causas morales, quiero decir que implican la moral, la política, la ideología.

Si vivimos en un mundo deteriorado, asfixiante, inmoral, una selva sin reglas, dominado por el crimen, la corrupción, el interés oculto de poderosos con nombre y apellidos, ¿qué sentido tiene machacar estos defectos en películas, en novelas, en arte plástico?

Que no hay tal mundo es evidente. Que podríamos estar mejor, también.

Pero las creencias tienen una explicación, se generan de alguna forma. En este caso, la idea de que la respuesta (y “solución”) a un mundo cruel puede ser la sublevación ciega, la toma de la calle, el incendio de la ciudad, que es lo que hacen miles de descerebrados payasos en Joker, en una escena final que recuerda a la de Kubric en 2.001, cuando una tribu de monos celebra su victoria brutal sobre otra tribu. Vaya usted a saber si el director la preparó a propósito.

Es una explicación absurda. Sobre todo porque carece de efecto. La presente crisis del coronavirus todavía no ha mostrado ni una sola imagen de vandalismo entre una población acollonada y e indefensa ante la enfermedad.

La verdad, no encuentro razones para que se compongan y se distribuyan este tipo de películas aberrantes (excepcionalmente bien hechas, eso sí). La libertad de expresión, dirán algunos. La libertad de expresión de Hollywood no es equiparable a la mía ni a la de quienes intervenimos en estos foros públicos. Así que de libertad de expresión, nada.

Estoy hasta las narices de películas de terror, de catástrofes, de vicio, de gánsteres. Todas muy bien hechas, que captan la atención de ignorantes y de académicos. Pero pura basura.

Volvamos al clasicismo, a las obras de artes que nos hablan de heroísmo, de guerra, de conflictos morales, de envidia, de soberbia, de codicia, de lujuria. Pero con un cimiento cultural y moral sólido. Todas las lenguas tienen historias de esta envergadura, desde el griego clásico al español, pasando por el inglés, es francés, el ruso, el italiano, el alemán…

Basta de ensuciarnos la cabeza.

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