Futuro, ansiedad y rabia

El naufragio de la esperanza motorizada.

Un comentario de Segismundo Bombardier

Hace cincuenta años la Guerra Fría hacía leves estragos en la población de los bloques afectados, que progresaban sin tropiezos. El pato lo pagaba la población de los países descolonizados, cuya esperanza de vida (en todos los sentidos) era escasa y en muchos casos fúnebre. Conocí a un alemán de la RFA que emigró a Australia convencido de que Europa sucumbiría pronto a la guerra nuclear. Se podrían contar por cientos de miles los ciudadanos del primer mundo acogotados por el mismo miedo. Sin embargo, la realización del futuro desmentía sus amargas previsiones.

Hoy observamos el futuro con una mezcla de ansiedad y rabia. Podríamos decir que hemos dejado de creer en el futuro, y que resignarnos a él (qué remedio nos queda) nos produce ira y frustración, porque ya nada parece que vaya a ser mejor. En realidad esto es un espejismo producto de las décadas en las que la revolución digital y tecnológica nos empujaba a un futuro inmediato mítico y mágico. La decepción era inevitable. Pero toda decepción tiene un precio en la psicología de los seres humanos y en el marco sociopolítico (feo término, pero no encuentro otro). El futuro a medio plazo se forjará en estos mimbres carcomidos.

Mientras tanto, aquí estamos, especulando, pintando catástrofes en el horizonte o paraísos austeros basados en utopías incómodas e idiotas armadas sobre la necesidad de «detener el cambio climático», que es como querer parar o modificar el giro de la Tierra en torno al Sol para evitar chamuscarnos o congelarnos. Mitología. Magia.

Nunca había visto yo tanta literatura predictiva, tanta especulación, tanto relato del porvenir. Está claro que antes había menos porque los medios de difusión no llegaban a todas partes y de inmediato como ahora. La desventaja es que con tantas posibilidades al alcance de los seres humanos, la abundancia de gilipolleces es abrumadora. Esto tiene que ver con las fake news y la postverdad, nociones que no se pueden tomar en serio, porque América se descubrió hace más de 500 años; es decir, siempre ha habido mentiras, embustes y verdades disfrazadas. Nada nuevo bajo el sol. Ahora resulta que los mismos que nos vendían hace treinta años un futuro en el que nos sobrarían las comodidades y tendríamos de todo eternamente renovado, proclaman hoy una vida monacal casi sin propiedad privada, de una austeridad vegana y un conformismo absoluto a lo que nos dicten los dueños de la Verdad.

El problema de las personas sabias y prudentes es desbrozar la mala hierba sin matar la buena. Esto requiere esfuerzo y tiempo. Es decir, sólo los que se tomen el trabajo de buscar la verdad, la ciencia, separándola de la superstición y de la palabrería, estarán en condiciones de afrontar el futuro con mayores garantías de sobrevivir al único y verdadero cataclismo que nos amenaza, la asfixia de la inteligencia. Esto lleva tiempo y trabajo, como se ha dicho; algo que suena a verdad de perogrullo, pero que pocos practican.

Este tipo de revistas, Agroicultura-Perinquiets, Perinquiets-Libros y tantas otras de las mismas características (autoediciones, sin objetivos de rentabilidad, exigentes con la calidad de lo que ofrecen) son un refugio para los que escribimos en ellas, y una oportunidad para quienes aprecian los conceptos fundamentados y menosprecian la apariencia, y sondean la Red en su busca.

Yo me siento muy a gusto en este espacio. Sé que su difusión es escasa, que nunca se va a reconocer el valor de mi trabajo y el de mis amigos y compañeros con la misma veneración que los trend topics. Pero es que nosotros huimos de la histeria, del jaleo, del aprecio de la masa.

Será un alivio personal y sin efectos en el escenario mediático. Es lo que nos gusta. A mí, personalmente, los foros me dan miedo.

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