El Diablo anda suelto por treinta monedas

Saturno devorando a uno de sus hijos. (De la quinta del Sordo.) Francisco de Goya y Lucientes. Óleo sobre revoco. Museo del Prado, Madrid

Un comentario de Segismundo Bombardier

He visto la serie «Treinta Monedas» de Álex de la Iglesia, gracias al concurso de un amigo de Lille que acostumbra a piratear la Red. Me fascina el despliegue de medios, el derroche de ingenio y de dinero de estas producciones. La que comento es un trabajo extraordinario, en términos generales le daría un ocho o un nueve sobre diez.

Ahora bien, hay que dejar al margen las incoherencias del guión, las atrocidades filosóficas y teológicas que se perpetran en él, y aceptar sin poner reparos la estética del director.

Dios es todopoderoso según las doctrinas monoteístas. Y el Diablo le queda sólo un poco a la zaga. Así que el guión se basa en una falacia teológica. ¿Qué necesidad tiene el Diablo de poner el mundo patas arriba disfrazándose de variedad de monstruos sanguinolentos, y causando muerte y destrozos sobrenaturales, para reunir las dichosas 30 monedas? Lo puede conseguir disponiendo una concatenación de casualidades, cosa que conceden excepcionalmente los guionistas en el pez que se traga una de las monedas en un río apócrifo, un pez que nada desde el centro de la península hasta el Atlántico, es oportunamente pescado y a continuación servido en un restaurante exclusivo de París, donde aparece la moneda en el plato del amante de la mujer que la arrojó al río.

Encontrar fallos en un guión de esta naturaleza es cosa fácil, de modo que no voy a condenar a quienes lo desarrollaron. Buscan el efectismo y la sorpresa. El precio es siempre la consistencia, pero sale gratis, porque el espectador espera espectáculo, y se traga cualquier disparate bien adobado.

Llama la atención cómo los demonios, vampiros y monstruos variados de Hollywood han entrado en la producción literaria y fílmica española, afirmada en el realismo y en la realidad, ajena por completo a esa estética gótica.

El cuadro de Goya que ilustra este texto lo muestra. Saturno se come a uno de sus hijos, ambos con figura humana. Los Caprichos de Goya también representan monstruos, pero extraídos de las tradiciones españolas. Los demonios y bichejos sobrenaturales que cuajan siglo y pico después de Goya en el cine y luego en los tebeos fantásticos proceden de las observaciones de entomólogos y biólogos, que dibujan y fotografían con precisión insectos, células y bacterias vistas a través del microscopio.

Repase el lector los cuadros y grabados de El Bosco y de Brueghel el Viejo sobre los pecados capitales y no encontrará terror, sino sarcasmo. A mí el humor de Álex de la Iglesia no me hace ninguna gracia. Esa estética delirante tiene que ver más con el protestantismo romántico que con el catolicismo. El segundo se atiene a un dogma que hace del Demonio un ángel abyecto, la personificación del mal, pero no un pulpo babeante. El protestantismo romántico inventa bichos caprichosos de individuos aterrorizados por un Dios que castiga y no perdona. Con la salvedad de Goethe, cuyo Mefistófeles es un tipo elegante y cortés, que confirmará Thomas Mann en su «Fausto» un siglo después: el demonio es un espíritu ilustrado, un filósofo, no un ser rencoroso y purulento. Afortunadamente ni Goethe ni Mann tuvieron que trabajar para el vulgo.

Por último es preciso reparar en la retórica de los sacerdotes demoníacos y del pobre padre Vergara, al que el guión ha hecho un boxeador de primera para justificar sus penas físicas, que son las del Infierno. La retórica teológica de Álex de la Iglesia es una mezcolanza de tripas y heces mentales, que el espectador se traga sin hacer un asco porque es lo que menos le interesa. Confundir el supuesto Evangelio de Judas con esa organización de terroristas sobrenaturales que quiere reunir las monedas, enfrentar sin argumentos sólidos el libre albedrío con la predestinación son atrevimientos mucho más monstruosos que los creados mediante la técnica digital. Lutero al  menos recurrió a San Pablo.

Ya se ha atrevido Álex de la Iglesia en sus anteriores películas con una teología espuria, en nada diferente a la que difunde el cine, la televisión y los libros de autoayuda. Y me temo que seguirá haciéndolo en la segunda temporada de «30 Monedas».

Y para acabar, un chascarrillo refrescante, el erotismo calculado. Ahora no me acuerdo de las primeras películas de de la Iglesia. Pero entre «Los crímenes de Oxford» y «30 monedas» hay una similitud: los espléndidos desnudos de Leonor Waitling y de Mega Montaner. Totalmente innecesarios, es decir, planificados para delicia del espectador, muestran a dos mujeres de bandera sin pudor. En estos casos, yo no puedo dejar de pensar en lo que siente un actor y una actriz en este tipo de escenas lúbricas. ¿Les dejarán indiferentes? Ellos y ellas dicen que sí. Ellos y ellas sabrán.

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